Grande hasta el suelo y partida en dos
por el horizonte
es mi ventana.
Acuciosa,
de despertarme al alba se propone
y de poner en marcha mi volátil alma.
Su mitad alta es celeste,
y verde profundo la de abajo.
La parte de encima es móvil:
Fluye y se mueve a la derecha en jirones condensados,
mientras que la parte verde
desde el seto de eugenias, tímidamente
agita retoños como manitas
¡Saludando!
arrastrándome a volar.
La mitad verde me retiene en el mundo
hablándo de frescura y vitalidad
Y me obliga a hacer cálculos
de científica estudiada,
racional geóloga de marras:
¿Cuántas estrellas amarillas aparecieron hoy sobre la verde alfombra?
¿Cuánto se tomaron de la nube derretida anoche entre chubascos, los geranios?
¿Cuán plástico se habrá tornado el suelo en que mi sauce explora subterráneo?
¿Estará desapareciendo el rocío ya, o durará otro rato?
¿Habrá comido el tordo renegrido sus semillas?
Mi ventana no resuelve mis problemas.
Embebida en sus colores
me rezonga:
"¡Cálmate!
Hoy soy como soy,
porque hubo lluvia.
Disfrútame no más y espérate a mañana...
Ya te avisaré para que de nuevo vueles
en tu curiosa combinación
de dos cerebros".
